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Los castillitos de Villa Harding Green, testimonios de un barrio soñado


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La hermosa y floreciente villa Harding Green puede considerarse ya sin exageración el centro de población más importante y pintoresco de los alrededores de Bahía Blanca. La Nueva Provincia, 25 de mayo de 1910.

En diciembre de 1907 se inició la subdivisión de la chacra 408, “situada a solo 5 kilómetros de la plaza Rivadavia”, con la idea de generar allí “un pintoresco barrio, en una excepcional ubicación, con bondad de tierra y de agua”.

Se lo llamó Villa Harding Green (VHG), en reconocimiento a William Bremen Harding Green, máxima autoridad del Ferrocarril al Pacífico, seccional Bahía Blanca Noroeste.

La idea de crear un barrio alejado del centro data de 1903, cuando un grupo de inversores consideraron que “las exigencias del progreso urbano” obligaban a ampliar el radio de solares “y la formación de núcleos adyacentes, que constituyan un desahogo a la población”, siendo la respuesta natural a esa necesidad las villas que circundan la ciudad, “que mañana serán parte integrante de su organismo urbano”.

VHG se ubicó sobre “una soberbia explanada”, a 76 metros sobre el nivel del mar, lo cual permitía visuales del puerto Militar, los puertos de Ingeniero White y la ciudad.

Los primeros terrenos se subastaron en 60 mensualidades —a 50 centavos la vara— y se ofrecían incentivos a los primeros pobladores, de modo de empezar a consolidar el barrio.

Para entonces estaban avanzadas las gestiones para disponer de electricidad, agua corriente y tranvía eléctrico, éste último un aporte clave dada la lejanía del sector.

Una amplia promoción publicitaria sirvió para despertar interés por el loteo que, poco a poco, fue definiendo el perfil del barrio. Por un lado, sugerido como lugar adecuado para viviendas de fin de semana, en contacto con la naturaleza, lejos del ruido de la ciudad. Por otro, como una oportunidad, para el trabajador, de tener su casa propia.

Casas modestas, pintorescos chalés

A partir de 1910 comenzaron a materializarse estos destinos. La municipalidad comenzó la construcción del primer barrio obrero de la ciudad: 152 casas repartidas en tres manzanas, las cuales se ofrecían en 120 cuotas mensuales, a precios por demás accesibles.

Por otro, y esta es la materia de atención de esta nota, se decidió la construcción de unos pintorescos chalés, de dos plantas, ocupando generosos terrenos, buscando marcar una tendencia en cuanto a diseño arquitectónico.

El estilo pintoresquista elegido era similar a las viviendas construidas en el barrio Adornado, también en gestación, en el que fuera el bañado de Jiménez, actual parque de Mayo.

La voluntad de los hacedores de los chalés era generar un punto de recreo con casas “de positivo grado arquitectónico” que pondrían en venta “en condiciones ventajosas”, ofreciendo vivir en “un sitio de expansión cercano al de labor”.

Se construyeron cuatro de estas viviendas, las que se popularizaron con el nombre de “Castillitos”, visibles desde la ruta y símbolo del lugar hasta el presente.

Uno de los principales impulsores de la villa, Ernesto Parral, mencionaba que la misma venía a solucionar la falta de viviendas que tenía Bahía Blanca. “Estas construcciones resuelven el problema con una edificación moderna, con los últimos adelantos de higiene, amplitud y aire”.

En 1912 salió a la venta uno de los primeros “castillos”, con un precio de 14.850 pesos, mitad al contado, el resto a un año. Se lo presentó como “un hermoso chalé suizo, de fachada del renacimiento italiano”. La promoción del inmueble mencionaba a VHG como “el Belgrano de Bahía Blanca”. La vivienda disponía de cinco piezas, cuarto de baño, despensa, cocina, cuarto de servicio, aljibe y agua para el riego, todo perfectamente cercado. En el frente tenía grabado La Emilia. El proyecto fue realizado por el ingeniero Domingo Pronsato.

Cuando el inmueble salió a la venta nuevamente, en 1936, tenía el nombre de La Emilia, y el aviso de venta permite conocer un poco más en detalle su distribución: sala, comedor, hall, cocina económica, despensa y escalera de pinotea; tres dormitorios, hall y baño. El terreno, de 17,30 m x 43,30 m, tenía verja al frente con pilares, arboleda, un galpón, glorieta y otras mejoras.

Es el único chalet que se conserva en buen estado y en uso, ocupado por el Instituto Cristo Rey, que lo bautizó El castillo de Javier, destinado a casa de espiritualidad, un lugar para la oración.

Azul, te pinto de azul

Otro de los chalet era conocido como Rancho Chico, con mirador y un llamativo color azul. No se encuentra en buen estado. En el lugar funcionó a principios del siglo pasado un recreo, como parte del éxito que tenía VHG como paseo. La gente tomaba el tranvía en la plaza Rivadavia, disfrutaba del recorrido de 35 minutos, con el pasaje a 10 centavos, y pasaba el día disfrutando del lugar. El sitio ofrecía diversiones, servicios para familias, salones, toilette, sala de billar, juego de sapo y cancha de bochas. También se podía disfrutar en horario nocturno, iluminado el lugar con 25 lámparas eléctricas.

El fugaz lugar de la Aeroposta

Otro chalé de nombre pintoresco es El Retiro. Su construcción corrió por cuenta de Ernesto Parral, quien lo dispuso como premio de una rifa de mil números, singular propuesta inmobiliaria llamada El Hogar por Sorteo. “Es un negocio correcto, con móviles de progreso general”, se mencionó.

El edificio contaba con comedor, sala, tres dormitorios, cuarto de baño, cocina con artefactos, sótano, terraza mirador, aljibe y plantas de adorno. Por el frente pasaba el tranvía eléctrico. Se sorteó el 31 de marzo de 1913 y favoreció al número 157, cuyo poseedor era Antonio Jan, de San Cayetano.

En la década del 90 el inmueble fue adquirido por la municipalidad, que instaló un museo dedicado a la compañía aérea Aeroposta Argentina. Luego funcionó como Centro Cultural y más tarde para programas provinciales. Hoy está en desuso, en mal estado y sin mantenimiento.

El chalet de Coleman

Otro de los edificios sin uso, desocupado aunque no en estado ruinoso. Su frente guarda simetría, con un pequeño balcón en la planta alta, sobre la puerta de acceso. Es el único con cubierta plana y resuelto con un único volumen. En su parte posterior tiene una torre circular rematada por un pináculo de hierro.

Se lo conoce como el chalet de Coleman, en referencia a su propietario, Arthur Coleman, máxima autoridad del Ferrocarril del Sud en nuestra ciudad. Si bien una chapa ubicada en su frente da cuenta de ese nombre, no deja de ser llamativo el chalé que tiene grabado La Emilia, considerando que era habitual que Coleman bautizara a sus propiedades con el nombre de su mujer, Emilia Labadié.

Final

Los cuatro chalés de VHG están inventariados como bienes patrimoniales de Bahía Blanca, por su valor histórico-cultural, paisajístico y arquitectónico. Se imponen al caminante por la espacialidad de los terrenos que ocupan, ofreciendo diferentes perspectivas.

Como toda obra de arquitectura, cuentan una historia escrita en piedra, dan testimonio de un sueño y una propuesta, de una idea y un desarrollo. Son una referencia, son faros, son los castillitos de Villa Harding Green.


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