Los laberintos, como los espejos o los tigres, no serían los mismos sin Borges, que veía en esa vasta red de caminos una estructura compleja e incomprensible, en la cual el ser humano busca una salida pero también un sentido a su recorrido. En el cuento El jardín de senderos que se bifurcan, por ejemplo, el laberinto se manifiesta como una novela infinita, en la que todos los posibles caminos ocurren simultáneamente.
Más allá de su estructura física, Borges veía en ellos una diversa fuente de interpretaciones, desde simbolizar la complejidad de la vida hasta la multiplicidad de todos los tiempos posibles de un universo ramificado. También veía en esos pasillos intrincados lo inabarcable, lo divino, lo absoluto, una estructura en la cual el hombre se pierde buscando algo que quizá no puede comprender, como Dios, la eternidad, el universo o la identidad.
Fuera de la cuestión filosófica, los laberintos tienen su propia historia, su diseño y su materialidad. Uno de los más famosos es el Laberinto de Creta, parte de la mitología griega: una estructura compleja y enigmática construida por el arquitecto Dédalo, en la cual se encerró al Minotauro, una criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro. El laberinto era tan intrincado que nadie podía salir; sin embargo, Teseo se las ingenió para entrar y acabar con el monstruo.
Ese laberinto ha sido interpretado también como símbolo de la búsqueda del conocimiento, donde el héroe enfrenta a lo desconocido, un viaje interior donde uno desafía a sus propios monstruos.
No existen datos precisos de cómo era esa construcción, aunque se la piensa enorme, intrincada y confusa, con interminables pasillos que se cruzaban entre sí, con giros, trampas y callejones sin salida. Algunos estudiosos creen que pudo estar inspirado en el Palacio de Cnosos, en Creta, un complejo con más de mil habitaciones y una distribución laberíntica.
Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha ocupado de trazar laberintos. Como juego, como desafío, como distracción. En nuestro país dos de esas construcciones se destacan, ubicadas en San Rafael, Mendoza, y en Hoyos, Chubut.
La génesis del laberinto mendocino data de 1984, cuando Borges expresó su deseo de tener su propio laberinto. “Quiero laureles verdes, reales, vivos, no esos de oro o metal”, especificó. En 2003, un grupo de amigos cumplió ese deseo cuando plantó el último boxus de un intrincado trazado en la finca Los Álamos, en la casa natal de Susana Bombal, amiga íntima de Borges.
En un intercambio de cartas, el diseñador Randoll Coate —especialista en este tipo de obras— le manifestó a Bombal su idea de construirlo en homenaje a Borges. La muerte de Bombal, en 1991, dejó trunco el proyecto, hasta que sus sobrinos retomaron la idea.
Ocupando 8700 m2 y con 7150 boxus, arbusto de casi dos metros de altura, se trazó esta obra que con sus pasillos dibuja el nombre del escritor. También se montó una torre-mirador que permite tener una vista aérea del conjunto.
En El Hoyo, al noroeste de Chubut, a 150 kilómetros de Bariloche, se encuentra el segundo gran laberinto del país. Fue ideado por Doris Romera y Claudio Levi y se habilitó en 2014. Se ubica en una loma del valle del Río Epuyén y se materializó con arbustos del vivero del INTA de Trevelin, que fueron plantados en 1996. “Con dos o tres ecuaciones básicas de trigonometría, un bidón con agua y cal, una cinta, estacas y un ovillo de hilo íbamos conectando un punto con otro y permitió volver”, se explica en la página web del laberinto.
La obra ocupa 8000 m2 con un cerco vivo con 2200 metros de senderos, en un circuito que además dispone de nueve puertas por descubrir.
“Una de las calles daba a una plaza de figura irregular, donde había una fuente circular y una estatua o pilar. Una de las calles de la plaza desembocaba en otra plaza, igual a la anterior. En otras palabras, era una ciudad infinita, construida como un laberinto sin fin”. El Inmortal, Jorge Luis Borges (1947)
Existen en el planeta centenares de laberintos, los cuales son una atracción para el turismo y se complementan con una infraestructura de servicios. Los que mencionaremos a continuación son algunos de los más conocidos.
Plantación Dole (Hawái). Se ubica en la isla de Oahu, como parte de una plantación de piñas de la multinacional Dole. Es uno de los más grandes del mundo, con casi 4 kilómetros de recorrido entre paredes de flora autóctona hasta llegar a su corazón en forma de piña.
Laberinto de Villapresente (Cantabria). En la localidad de Villapresente, Emilio Pérez se encontró con un excedente de cipreses y creó el laberinto más grande de España, un frondoso reto de más de 5000 m2 formado por paredes verdes de 2,50 metros de altura.
Jardines de Villa Pisani (Venecia). En Stra se encuentra Villa Pisani, ejemplo de las mansiones italianas, en cuyos jardines se ubica un laberinto de principios del siglo XVIII, formado por círculos concéntricos que culminan en un torreón protegido por una estatua de la diosa Minerva. Considerado uno de los más complejos del mundo, su diseño estuvo influenciado por obras literarias francesas y teorías botánicas de la época
Farmstead & Richardson Adventure Farm. En Estados Unidos, con la llegada del otoño, numerosas granjas se transforman en parques con laberintos de maíz. Los diseños de Farmstead (Idaho) son los más reconocidos por su originalidad.
Laberinto Ashcombe (Australia). Una de las experiencias más abrumadoras, gracias a los ejemplares de más de tres metros de altura que dan forma a angostos pasillos que se recorren buscando los cuatro mosaicos de bandera que esconde antes de llegar al centro.
Reignac-sur-Indre (Francia). Creado en 1996, está entre los más grandes del mundo y su diseño se encuentra entre los más admirados, compuesto por cultivos de maíz y girasoles. Cada temporada estrena dibujo para adaptarse a los tiempos de cosecha.
Laberinto de Longleat (Inglaterra). En el condado de Wiltshire (Inglaterra) aparece este serpenteante jardín de 16.000 tejos ingleses y con puentes de madera intermedios que sirven de ayuda para su resolución.
Laberinto del Palacio de Scone (Escocia). Histórico lugar de coronación de monarcas, alberga un diseño de Adrian Fisher, famoso creador de laberintos del mundo. Tiene forma de estrella de cinco picos y en su centro se encuentra una estatua de una ninfa de agua.
Hampton Court, Inglaterra. Es el más antiguo de Inglaterra. Entre 1689 y 1695 George London y Henry Wise plantaron 800 metros de caminos intrincados en forma de trapecio para Guillermo III. Originalmente fue plantado con seto traído de Holanda y en la actualidad por tejo.
Un laberinto distinto, aterrador y cambiante, puede verse en el film The Maze Runner, una historia que se desarrolla entre muros de hormigón, dentro de una arquitectura opresiva y asfixiante que simboliza confusión, desesperanza, misterio y que intimida pero también invita a la exploración.
El laberinto tiene estética brutalista y en su interior deambulan monstruos de apariencia biomecánica. Aumentando su complejidad, los muros se mueven, y como si se tratara de un ente vivo cambia su estructura cada noche. Por las mañanas, cuando abre sus puertas, emana vientos como si fuera el aliento de una bestia.
En el centro del laberinto se ubica un gran espacio abierto, rodeado de muros gigantescos. Su interior alberga una sociedad que con recursos limitados ha logrado sobrevivir a las dificultades del laberinto. El deseo de salir ha sido reemplazado por una vida tranquila y sin riesgos. Encontrar una salida se ha convertido en algo secundario y un tabú para la mayoría de la población.
En junio de 2024 se conoció el hallazgo de unas ruinas circulares con trazado laberíntico en la isla de Creta, que datan de entre 1700 y 2000 años antes de la era cristiana. Las ruinas abarcan 1800 m2 y están conformadas por ocho paredes de piedra de 1,40 metros de espesor y 1,70 metros de altura, con estrechas aperturas que convergen en un edificio central. Este hallazgo abrió el interrogante de si habría sido el lugar en torno al cual se construyó el mito del laberinto cretense.
El edificio fue encontrado en una colina de 500 metros de altura, un lugar que estaba reservado para la instalación de un radar del aeropuerto. Desde entonces, se intenta desvelar la función de esta singular estructura.
“No hay en la tierra un objeto que no sea en sí un laberinto. Todos los caminos que tomamos nos llevan a otro tiempo, a otra decisión, a otra consecuencia”. 4. “El jardín de senderos que se bifurcan”. Ficciones, Jorge Luis Borges (1941)
Varias catedrales góticas incluyen en sus pisos el dibujo de laberintos. Generalmente trazados con losetas de mármol, algunas de las penitencias que daban los sacerdotes en la Edad Media consistían en recorrerlos de rodillas y reflexionar sobre la importancia de buscar la verdad evangélica y la virtud. Ejemplificaban la existencia, el camino va entre el bien y el mal con sus bifurcaciones, y dejaban el mensaje de que la perseverancia conduce a un feliz final.
También hay un modesto laberinto en una de las fachadas del templo de la Sagrada Familia, diseñada por Antonio Gaudí en Barcelona. Se encuentra junto a la escena de la negación de Pedro como símbolo de la inescrutabilidad de los designios divinos, a la vez que representa el camino de Jesús hacia el Calvario.